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REBELDÍA

  • Foto del escritor: Jorge Fernandez
    Jorge Fernandez
  • 23 ago 2023
  • 3 min de lectura

Apenas Laura entró en su habitación y observó la biblioteca, sintió que la sangre comenzaba a hervirle. Apretó sus dientes y dio un portazo. La mayoría de sus amados libros se encontraban esparcidos en el suelo a un costado de su cama, como si un torbellino los hubiese atacado. Sin embargo, estaba segura de que las ventanas se encontraban cerradas y no era necesario comprobarlo porque ella sabía muy bien que ese torbellino tenía nombre. Estaba segura de que ese desastre era obra de Natalia, su hermana menor.


Se llevaban por tres años. Toda la vida había intentado tenerle paciencia y más desde lo ocurrido meses atrás. De ahí en adelante que se esforzaba en aguantar sus nuevos arrebatos, aun cuando Natalia se ponía cada vez más insoportable. Pero eso no era lo que le afectaba. Lo que le dolía a Laura era el que su madre siempre, desde que eran pequeñas, tuvo favoritismo por su hermana. Debemos aguantar sus arrebatos y desorden porque son propios de su edad. Si quiere ver alguna película hay que darle en el gusto, dijo siempre. No le importaba que Laura fuera quedando desplazada.

Más encima, su papá nunca tuvo ni voz ni voto, así que, en resumen, a su hermana siempre se le permitió todo. Incluso ahora su madre, que se dedicaba solo a llorar, la seguía defendiendo. A pesar de lo mucho que reclamara, Laura estaba segura de que no conseguiría nada.


Pensando en todo esto, fue recogiendo los libros uno por uno con ceremoniosa lentitud. A ratos creía que se le iba a salir el corazón por la boca cuando levantaba alguno que se encontraba abierto y al voltearlo veía que sus hojas estaban dobladas. Con catorce años ya había logrado coleccionar más de doscientos libros y los amaba de una manera que solo entienden quienes aman también la lectura. En su familia no había nadie así y si bien su padre era quien siempre le regalaba libros, lo hacía solo para complacerla porque él no era un lector.

Laura tenía muy claro de que a su hermana siempre le cargó la lectura, se lo había dicho en más de una ocasión, pero solo con el fin de molestarla, le insistía en que le prestara libros para hojearlos. Cada vez que Laura se negaba, Natalia la acusaba con su madre y ella la obligaba a prestárselos. Después volvían dañados o sucios.


Puso el último libro en su lugar y a su memoria vino aquella vez en que su hermana había dibujado una obscenidad en la primera hoja de un libro que le prestó. Laura se enfureció y se lo mostró a su madre. Ella se rio a carcajadas y luego señaló que Natalia era menor y debía entenderla.

Laura miró su librero y suspiró. La tarea de ordenarlo estaba terminada. No era la primera vez que su rebelde hermana causaba este desorden y no podía contárselo a su madre. De seguro que ella pondría el grito en el cielo. Jamás le creería y quizás hasta una abofeteada se ganaba de su parte, por calumniar a su querida hija.


Me tienes aburrida, ya no te aguanto más, dijo Laura entre dientes. Era cierto. La primera vez que descubrió sus libros desparramados por la habitación, se asustó en un comienzo, pero luego sonrió al saber que se trataba de Natalia. Incluso encontró que era una maravillosa forma de que se comunicara con ella. Pero con el paso del tiempo se había transformado en un suplicio.


Su hermana no se cansaba de desordenar su habitación y siempre se ensañaba con los libros. Insistía con joderle la vida, así que decidió hacer algo al respecto. Sin dudarlo encendió unas velas e inciensos, luego tomó uno de los libros de su biblioteca, buscó el capítulo que le interesaba y leyó el título en voz alta: «Cómo espantar los malos espíritus».

 
 
 

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