DESPERTAR
- Jorge Fernandez
- 20 mar 2025
- 16 min de lectura
Actualizado: 2 may 2025

Capítulo I
La mañana del 23 de marzo de 2025, día en que sucedió el colapso mundial iniciándose el fin de la humanidad, irónicamente también fue la mañana más feliz de mi vida. Había nacido Emma, mi hija, a las 07:32 AM, pesando casi dos kilos y por supuesto que en ese instante jamás se me pasó por la cabeza que el mundo cambiaría de forma tan abrupta.
En el instante en que la enfermera puso a Emma en mis brazos comprendí mi propósito en este mundo: amar a mi hija hasta el infinito, enseñarle todo lo que pudiera y protegerla por sobre todas las cosas. En susurros le prometí que así lo haría hasta el fin de sus días. Mis padres nos acompañaron en tan bello momento y estaban tan maravillados como yo de aquella mañana especial.
Me sentía poderoso. Me encontraba en las nubes porque toda la vida había soñado con tener una niñita con quien jugar a tomar té, hacer guerra de almohadas, dejarle pintar mi cara y disfrutar cada día de su crecimiento.
Eran casi las nueve de la mañana cuando una de las enfermeras entró a la habitación para entregarnos a nuestra hija. Mariana, mi esposa, la recibió feliz. Los abuelos pudieron acercarse y por fin conocieron a la niña en persona ya que antes lo habían hecho a través de un monitor. La enfermera aprovechó el momento para apartarme hacia un rincón y con una sonrisa en el rostro me señaló que debía comprar pañales más pequeños porque los que había llevado le quedaban muy grandes. Un instante después me despedí de Mariana y Emma con un beso. Salí de la habitación sin imaginar que el mundo estaba a punto de cambiar.
Caminé durante media hora por la avenida intentado aprovechar los pocos rayos de sol que a veces se colaban por la inmensa cantidad de nubes que invadían el cielo. Parecía que el otoño quería marcar de forma inmediata su presencia como diciéndonos: ya he llegado invernistas y vengo con todo el rigor.
Durante mi caminata me encontré con dos farmacias y ninguna vendía el tamaño de pañal que necesitaba. No me quedó otra opción más que seguir alejándome de la clínica hasta llegar al mall que se encontraba cerca de la plaza de armas de Santiago. De esta forma había llegado finalmente a la farmacia en que ahora me encontraba. Tras consultar por los pañales, había sentido un gran alivio al oír la respuesta afirmativa de la vendedora. La mujer me pidió que la esperara un instante y segundos después regresó con un paquete de pañales del tamaño que Emma necesitaba.
Tomé mi billetera del pantalón, saqué mi tarjeta para acercarla a la máquina de pago y antes de poder pagar un terrible estruendo se oyó en el cielo. Por un segundo tuve la impresión de que solo había sido mi imaginación, al mirar a la vendedora supe que ella también lo había oído. Aquel aterrador sonido se asemejaba al de una trompeta combinada con un gigantesco trueno. No estaba seguro de eso. Mi primera impresión fue que aquel sonido vino desde el cielo. Un segundo y terrible estruendo confirmaron mi sospecha, todos miraron hacia el techo del local durante los breves segundos que duró. La mayoría de los ventanales de la farmacia reventaron. Muchos gritaron alarmados. Los que estaban más cerca se cubrieron el rostro y entonces vino lo peor, al menos eso creí en ese momento...
Capítulo II
Guardé mi tarjeta y al mirar a la vendedora que me había atendido, supe que esta extraña situación no había acabado. La mujer se había quedado estática, mirando hacia el cielo con los brazos extendidos. De reojo pude ver que varias personas en la farmacia replicaban aquella posición.
—¿Te encuentras bien? —le pregunté, acercándome. No obtuve ninguna respuesta de su parte, ninguna reacción.
El rostro de la mujer fue perdiendo rápidamente el color. Sus ojos se pusieron blancos, su cuerpo tuvo un fuerte espasmo durante unos segundos y entonces se desplomó. No pude evitar el grito. Me acerqué a ella y de forma instintiva busqué su pulso. No tenía. Estaba muerta. Una diversidad de gritos me alarmó. Al mirar mi alrededor descubrí que las personas que antes habían estado en la misma posición que la vendedora, también se encontraban en el suelo, pálidas y sin señales de vida. En la góndola más cercana a mí, un anciano junto al cuerpo de quien al parecer era su mujer, intentaba hacerla reaccionar. En la sección de perfumería, una mujer gritaba de desesperación abrazando el cuerpo inerte de su bebé.
Mi garganta se secó abruptamente cuando los gritos se multiplicaron fuera de la farmacia. Al salir del local el panorama era impactante, mucha gente yacía en el piso, ante un llanto generalizado de personas de distintas edades y este mismo escenario se repetía por todo el centro comercial.
Mi respiración se agitó. No entendía nada de lo que estaba pasando. ¿Cómo era posible que un grupo tan grande de personas cayera muerto así, de forma repentina? Entre aquellas interrogantes aparecieron en mi mente Mariana y Emma. En realidad, me daba lo mismo lo que estuviera pasando, lo primordial era saber de ellas. Tomé mi teléfono para comunicarme con mi padre, pero fue imposible.
Me encaminé hacia las escaleras. Me encontraba en el cuarto piso y la salida del mall se veía muy lejana. Troté por el pasillo esquivando personas y teniendo el cuidado de no pisar los cuerpos repartidos en el suelo.
Un nuevo sonido me aceleró el corazón.
Si bien no fue tan fuerte como el anterior, el sonido fue lo bastante perturbador como para asustar a cualquiera. Se trataba de una especie de alarma que en un principio me costó entender que venía de los teléfonos de las personas, incluyendo el mío. Detuve mi carrera y observé la pantalla, un mensaje señalaba: “Alerta de emergencia. Esta no es una prueba. SENAPRED recomienda a todas las personas regresar cuanto antes a sus hogares y permanecer ahí. Si bien no está confirmado, se sospecha que un mortal virus está atacando a todo el país”.
Bajé mi teléfono sintiendo que la sangre se me congelaba. Tan solo unos años atrás habíamos logrado sobrevivir a una pandemia y ahora un nuevo virus volvía a atacar, ¿cómo podía repetirse todo esto? Observé los cuerpos dispersos por todo el centro comercial. No recordaba que un virus fuera selectivo. Además, no noté ni una puta selección en ellos. Había ancianos, mujeres y hombres jóvenes, incluso niños repartidos por el piso. Me fijé en el cadáver que tenía tan solo a dos pasos. ¿Acaso había movido una mano? Mis músculos se tensaron. De reojo acababa de ver que a unos metros de distancia también dos cuerpos se habían movido. Tal vez ellos solo se habían desmayado. Caminé hasta el cuerpo que tenía cerca y me agaché con mucho cuidado para observarlo. Una vocecita en mi cabeza me decía que no confiara.
Se trataba de una mujer de unos treinta años que vestía ropa deportiva. No tenía ninguna señal de que solo estuviera desmayada. Se encontraba tirada de espaldas y su piel seguía sin color alguno. Me acerqué un poco más, quería comprobar que respirara. La vocecita me insistía: cuidado, cuidado.
Fui inclinándome para poder poner mi dedo cerca de su nariz. Lento, muy lento, me repetía de forma mental. ¿Por qué? No importaba, debía ser precavido.
La repentina sacudida del cuerpo mi hizo gritar. Me aparté hacia atrás y quedé sentado en el suelo. La mujer comenzó a temblar y luego a contorsionarse de una forma imposible. Eso no me perturbó tanto como el sonido que producía su cuerpo mientras se movía. Sonaba como si sus huesos se quebraran en diversos puntos. Un gran griterío se oyó alrededor, al levantar la mirada me sentí en un escenario surrealista. Todos los cuerpos se estaban moviendo como… como… si volvieran ¿a la vida? No podía ser cierto lo que veía. Volteé hacia la mujer y ella de forma repentina arqueó su espalda a tal punto que en el piso solo quedaron apoyados su nuca y talones. Un segundo después, con un rápido movimiento quedó parada.
Al observarla bien y aunque la posibilidad era absurda, me convencí de que seguía muerta, la expresión en el rostro de la mujer no era normal. Sus ojos, que se encontraban cubiertos con una tela lechosa me miraron y un segundo después, luego de emitir un fuerte gruñido, se abalanzó sobre mí. Me arrastré hacia atrás e intenté levantarme, pero el piso resbaladizo me lo impedía. Cuando la mujer tomó una de mis piernas me zafé lanzándole una patada directo en el rostro. Con horror vi que le había desencajado la mandíbula y pese a eso ella no pareció sentir ningún dolor y volvió al ataque para intentar morderme como un perro rabioso. Yo ya había logrado pararme antes que ella, llena de ira, intentara atacar mi cuello. Aproveché el impulso para afirmarla y la empujé con tanta fuerza hacia la baranda que su cuerpo se desestabilizó y cayó del cuarto piso. Mis ojos se llenaron de lágrimas cuando me acerqué a mirar hacia abajo. El cuerpo quedó tirado en una posición imposible, pero al instante la mujer se recuperó y volvió a pararse rápidamente. Fijó su vista en un nuevo objetivo y se lanzó sobre una anciana que intentaba huir. Con sus dientes le desgarró el cuello sin piedad.
Capítulo III
El caos se había apoderado del lugar. Gritos desgarradores, pasos de personas corriendo, quebrazón de vidrios, gruñidos, el sonido de carne desgarrándose. ¿Por qué había humo? Al mirar hacia arriba en dirección al patio de comidas descubrí que venía de aquel sector. Algo se incendiaba.
Emprendí la carrera para salir cuanto antes del lugar y llegar donde mi esposa e hija. Bajé por las escaleras hasta el primer piso y así por fin pude abandonar el centro comercial. El panorama en las calles era igual de desolador: vehículos chocados, el sonido de sirenas a lo lejos, incendios, humo, gente desorientada, otros huyendo y otros siendo devorados por esta especie de muertos que habían renacido. Una motocicleta tirada en el suelo llamó mi atención, tenía las llaves puestas. Junto a ella había un cuerpo al que le faltaban todas sus entrañas. Corrí hasta aquel lugar y levanté la motocicleta, me subí y giré la llave. El motor rugió un par de segundos y luego se detuvo. Volví a intentarlo con el mismo resultado. No me di cuenta de que mi acción los estaba llamando. Se trataba de una treintena de muertos que se acercaban. Ya estaban a solo unos pasos cuando intenté encender la motocicleta una vez más, dispuesto a correr si no lograba nada. Esta vez la suerte estuvo de mi lado porque el motor volvió a rugir y ya no se silenció. Me alejé del lugar en el momento preciso en que dos muertos lograban rasgar el asiento trasero.
Mi recorrido por las calles fue tan caótico como la experiencia en el centro comercial. Sabía que solo me faltaban tres cuadras para llegar a la clínica. Ese era mi único destino en aquel momento, ya después vería cómo salir de aquel lugar. Sin embargo, no sería tan simple llegar donde se encontraba mi familia. Tenía mi vista tan concentrada en el edificio de la clínica, que no me di cuenta de la niña que se atravesó en la calle hasta que ya fue muy tarde y mis reflejos solo atinaron a desviar el volante hacia un costado. La motocicleta cambió su recorrido y perdí el control. El armatoste se fue directo hacia la parte trasera de un taxi. Literalmente volé por unos segundos tras el impacto. Mi cuerpo dio un extraño giro en el aire antes de estrellarme de espalda contra el pavimento. Un golpe seco y el intenso dolor me avisaron que acababa de azotar mi cabeza. Al intentar levantarme no logré conseguirlo, todo giraba a mi alrededor. Lo último que alcancé a contemplar fue una macabra danza de muertos vivientes que ondulaban acercándose a mí, luego algo me tomó de los brazos y me arrastró hacia atrás. Mi vista se nubló y después todo fue oscuridad.
Al despertar no tenía idea de cuánto tiempo había pasado. Abrí los ojos muy lento, intentando reconocer dónde me encontraba. Pude sentir de forma leve el dolor en mi cabeza. Me llevé la mano hacia la nuca y pude tocar un parche. Alguien me había curado. Me levanté del lugar en que me encontraba recostado y observé mi alrededor. Permanecía iluminado, con luz tenue, diversas bancas se encontraban dispuestas una tras otra formando una hilera. Al final se podían ver algunas personas sentadas en una de ellas. Entendí que se trataba de una iglesia, aunque no era católica, lo supe porque no se veían figuras de santos por ningún lado, tampoco una imagen de la virgen María. Al voltear hacia el altar entendí que me encontraba al interior de una iglesia evangélica.
Unos pasos se acercaron hacia mí. Se trataba de un hombre de barba y canoso. Vestía un traje oscuro.
—¿Te encuentras bien?
—Creo que sí —respondí— ¿Usted me rescató?
—Así es —señaló el hombre, mientras se sentaba a mi lado—. Me ayudaron algunas de las personas que se encuentran por allá.
—Se los agradezco.
—Con lo que está pasando, todos debemos ayudarnos.
Intenté levantarme y una vez más me sentí un poco mareado, así que desistí.
—Debes descansar. Bebe un poco de agua.
—¿Usted sabe lo que está pasando? —pregunté, mientras recibía la botella de aquel hombre —. Usted es pastor, ¿cierto?
Abrí la botella y solo entonces, al beber, me di cuenta de toda la sed que tenía. En segundos había acabado con todo el contenido.
—Sí, soy pastor.—. El hombre, con un gesto de su mano, pidió acercarse al grupo de personas. Ellas obedecieron y pude ver que se encontraban mujeres y hombres, de distinta edades, pero me extrañó no ver a ningún menor de edad.
Cuando todos los presentes se sentaron cerca de mí, el pastor carraspeó antes de hablar:
—Antes de salir a rescatar a este joven, les había prometido contarles lo que creo que está ocurriendo. SENAPRED emitió una alerta indicando que un virus atacó al país. No creo que se trate de un virus. Esto es mucho más grande. El Señor ya nos habló de esto. Se trata de El arrebatamiento.
Algunas de las personas murmuraron. Yo si bien, había tenido una pequeña creencia al estar en el centro comercial y ver a toda esa gente morir. Ahora no estaba tan convencido por lo que sucedió después.
—¿De qué está hablando? —pregunté.
—Se conoce al arrebatamiento como el momento previo a la Gran Tribulación. Momento en que Dios levantará su iglesia y la sacará de la tierra. Los que hayan muerto en Cristo resucitarán y los seguidores de nuestro Señor que aún se encuentren vivos, serán quitados de la tierra. —Caminó hasta el púlpito y tomó lo que deduje era un nuevo testamento—. Pero solo los justos, creyentes y libres de pecado serán arrebatados. Además, las escrituras señalan sobre el Arrebatamiento —señaló con el libro en la mano—. En Juan 14, versículo del 1 al 3 señala que vendrá para llevarnos con él. En Tesalonicenses 4 indica que, con trompeta de Dios, el señor descenderá del cielo y que los que hayamos quedado seremos arrebatados. Por otra parte, en Mateo 24 señala: “Estarán dos hombres en el campo: uno será llevado y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo: una será llevada y la otra será dejada. Por lo tanto, manténganse despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor”.
Capítulo IV
Me levanté del asiento y descubrí que me sentía mejor. Entendía lo que aquel pastor señalaba. Algo había escuchado una vez al respecto y no recordaba que se señalara sobre el abrupto despertar de los muertos.
—Yo entendía que los creyentes se irían con Dios —señalé—, solo eso. No que luego despertarían para devorarnos.
—Mal interpretamos las escrituras. Las almas son las que se irían y los cuerpos quedarían acá en la tierra. Lo que no sabíamos es que se levantarían y serían los encargados de atormentar a los pecadores durante la Tribulación. ¡Nuestros propios seres queridos!
—No me convence nada de esto —dije, dispuesto a salir de aquel lugar—. Debo ir por mi esposa y mi bebé.
—Acaso ¿no oíste lo que te dije? Los niños y bebés ya no están.
Oí que una mujer comenzaba a llorar en el momento en que el pastor había señalado esas palabras.
—¿De qué está hablando?
—Los niños también se fueron —respondió la mujer—. Mi hijo de tres años cayó muerto y segundos después tuve que huir de él porque… ¡Oh, Dios! porque quería morderme.
Solo entonces caí en la cuenta de lo que me estaban diciendo y me negué a creerlo. No podía ser que mi bebita se hubiese convertido en una de esas cosas. Caminé hasta la puerta de la iglesia y revisé que estuviese despejado de muertos.
—Solo saldrás a morir.
El pastor me miraba con súplica.
—Váyanse a la mierda usted y su Dios —Salí del recinto sin mirar atrás.
Eran solo tres cuadras las que me separaban de mi familia. Correr en línea recta por la avenida era lo más rápido para llegar y también lo más complejo. Tan solo a media cuadra pude ver un gran número de muertos vivientes que atacaban a un bus lleno de pasajeros. El conductor golpeaba a dos muertos con un fierro desde su asiento y por algunos minutos se defendió muy bien hasta que el cansancio lo venció y otros muertos saltaron sobre él.
Lo mejor era avanzar por calles alternativas hacia la clínica. Supongo que solo la esperanza me hacía creer que por otras calles no sería igual. Corrí sin pensar en nada más que mi familia, el rostro de mi bebé volvía a mi mente una y otra vez. A ratos se me venían las palabras del pastor a la mente. Era un imbécil. Todo ese discurso bíblico era algo que les fascinaba a los religiosos. Como si siempre estuvieran deseando el día del fin del mundo, esperando estúpidamente que en cualquier instante bajara del cielo una especie de divinidad luminosa, montada en un caballo blanco, dispuesto a luchar contra todos los males terrenales para salvarnos, solo porque que nos ama. Una mierda. Que los niños ya no estaban. No podía creer eso. No podía permitirme creer en toda esa estupidez religiosa. Las lágrimas no dejaban de caer por mis mejillas mientras pensaba en todo eso.
Mi intuición al final había sido correcta. Las calles aledañas a la avenida se encontraban sin muertos y sin caos. Al parecer les llamaba la atención lo ruidoso. Solo me demoré unos minutos hasta encontrarme a unos metros de la entrada principal de la clínica. El problema era que debía atravesar la avenida para poder llegar y atravesar por las que alguna vez fueron puertas de cristal. Junto a la entrada, pude ver que unos diez muertos devoraban a alguien vestido con lo que en su momento fue un delantal blanco.
Ruido.
Recordé mi teoría y recorrí mi alrededor con la mirada. Necesitaba provocar el suficiente ruido para distraerlos. Los autos estacionados fue lo primero que se me ocurrió. Me arrastré hasta una camioneta blanca y me asomé por lo ventanilla para mirar su interior. La luz azul parpadeante me confirmó que tenía alarma. Ahora solo debía rogar porque fuera lo bastante sensible. Esperé unos segundos y lancé una fuerte patada a la rueda. La alarma se activó y hui. Lo suficiente para ponerme a salvo. El sonido constante cumplió su propósito, pude ver que los muertos dejaban tranquila a su víctima y corrían hasta la camioneta, así que aproveché la oportunidad para escabullirme entre los vehículos estacionados. Fue una carrera veloz hasta la entrada de la clínica. Sin perder tiempo busqué las escaleras. Entonces tropecé con algo y caí al suelo golpeándome la cara. Alguien había intentado tomar mi tobillo. Se trataba de un muerto y se arrastraba muy rápido dispuesto a morderme. Me levanté y sin dudarlo le aplasté la cabeza varias veces con mi pie hasta que ya no se movió. Uno no sabe lo que es capaz de hacer hasta que lo hace y punto. Era la segunda vez que mi instinto de supervivencia me hacía reaccionar de esa forma.
Solté el aire que había aguantado en mis pulmones y ya estaba por irme de allí cuando me di cuenta, por su uniforme, de que aquel muerto, horas antes había sido un guardia de la clínica. Si tenía un arma de seguro me serviría, pero solo encontré que portaba una navaja. La tomé y corrí hacia las escaleras. Cuando estuve en ella descansé unos segundos mientras cerraba los ojos y pensaba qué hacer. En el octavo piso se encontraba el área de Maternidad y estaba convencido de que en el pasillo me encontraría con más de un muerto viviente. Comencé a subir.
Capítulo Final
¿Hasta qué punto la puta vida puede ser lo endemoniadamente macabra contigo? Al asomarme por la puerta y entrar de forma sigilosa al pasillo de Maternidad, no encontré a un gran número de muertos vivientes. Solo eran dos. Sí, apenas dos muertos. Se podría decir que la suerte me seguía acompañando. Eso creí durante un instante y luego entendí que nadie está preparado para ver a sus padres convertidos en dos monstruos. Seres sin alma, sin raciocinio, sin sentimientos y lo peor de todo, dispuestos a devorarte a la menor oportunidad.
Al inicio no me di cuenta, solo vi dos cuerpos, separados por unos cuantos metros de distancia, cada uno devorando a su propia enfermera. Una de las víctimas me había pedido, casi dos horas atrás, que comprara pañales más pequeños.
Primero reconocí a mi padre. Pero no fue al instante. Él se volteó hacia a mí y lanzó un gruñido. Comenzó a correr hasta donde me encontraba y en esos breves segundos identifiqué su ropa. Entonces miré su cara y un dolor, que me imaginé como una puñalada, atravesó mi pecho. Las lágrimas estallaron en mi rostro. Me escuché decir entre sollozos «Papá». Me sentí abatido, ya no importaba nada. Bajé mis brazos dispuesto a rendirme. Al cerrar los ojos para esperar la mordida un leve sonido, un pequeño y tierno sonido me hizo reaccionar. Era el llanto de un bebé que venía de la habitación al final del pasillo, donde debía estar mi hija y esposa. Tal vez fue mi imaginación, no lo sé. Sin embargo, ese sonido me obligó a abrir los ojos y mi instinto de supervivencia volvió a activarse. Apreté la luma entre mi mano y pedí perdón con lágrimas en mis ojos. Propiné un certero golpe en la cabeza a quien había sido mi padre y lo vi caer al suelo. No volvió a moverse. El otro muerto había contemplado todo y ya venía hacia mí. Reconocí el rostro de mi madre en aquel ser que corría a toda velocidad. Esperé que se acercara y cuando ya estaba a un paso, la esquivé y le di un fuerte golpe en la nuca. Escuché que algo se quebraba en ella y luego caía al suelo. La ironía de la vida permitió que los cuerpos de ambos seres quedaran, uno encima del otro, como si se abrazaran. Lloré durante algunos segundos.
Con el pasillo despejado corrí hasta la puerta de la habitación, giré el pomo de la puerta sintiendo que mi corazón iba a estallar. Dudé unos segundos.
«Los niños y bebés ya no están»
Las palabras del pastor resonaron en mi mente más fuertes que nunca. Abrí la puerta y me quedé paralizado. Lo que vi al interior terminó por destrozar mi alma. En la cama se encontraba Mariana, o, mejor dicho, se encontraba un ser que alguna vez había sido mi Mariana, ahora convertida en un muerto viviente, aunque por extraño que parezca, había tenido la lucidez suficiente para amarrarse un brazo a la cama con lo que parecía una toalla. Con diversos movimientos intentaba alcanzar la cuna. Al notar mi presencia emitió un gruñido y se olvidó de la cuna. Me quedó mirando y luego empezó a lanzar manotazos hacia mí.
Mis labios temblaban. El pastor había tenido la razón. Mis padres, Mariana, todos habían sido creyentes en Dios y sin duda sus almas se habían ido para que luego sus cuerpos se convirtiesen en aquellos seres horripilantes, encargados de hacernos vivir nuestra propia tribulación a nosotros los percadores, los no creyentes que nos habíamos quedado aquí.
Caminé muy lento hacia la cuna, como en una especie de trance porque sabía lo que encontraría al llegar a ella. Sabía que Emma también estaría convertida como el hijo de aquella señora de la iglesia. Pero ya no importaba nada, la tomaría en brazos y le permitiría que ella se alimentara de mí. Ese sería mi último acto de amor.
Las piernas me temblaban cuando llegué junto a la cuna, observé a Emma durante unos segundos y no podría explicar lo que sentí en aquel instante. Por más que busco las palabras no las encuentro. Emma me quedó mirando con aquellos tiernos ojitos. Su rostro y el color de su piel eran normales. Mi hija estaba bien, ¡increíblemente estaba bien!, ¿por qué? No tengo idea. Si todo este puto apocalipsis era religioso y de verdad se trataba del arrebatamiento y la gran tribulación, algo no calzaba en él. Mi bebé era normal y se había librado de todo.
Tomé a Emma en mis brazos y la apreté contra mí, mientras Mariana nos gruñía a ambos e intentaba zafarse de la cama. Lloré como nunca lo había hecho antes.
Hasta el día de hoy no logro recordar cómo escapamos de la clínica. Quizás bajé nuevamente por las escaleras o quizás me decidí tomar el ascensor. No lo sé, así como tampoco sé por qué mi hija se salvó de convertirse. Por eso desde entonces no descanso en mi búsqueda por encontrar a otros como ella. Porque de seguro debe haber más.
F I N




Comentarios