EL PROTECTOR
- Jorge Fernandez
- 26 ago 2023
- 3 min de lectura
Actualizado: 20 mar 2025

Me encontraba recostado en la cama junto a Mariela, mi humana. Yo no debía dormir, por el contrario, me encontraba atento y expectante. En cualquier momento ocurriría todo. Como buen gato, sabía que debía cuidar a Mariela de cualquier peligro. De esos peligros del que no muchos creen, de esos que sólo algunos podemos ver y percibir.
Mariela nunca fue una mujer supersticiosa y eso la podía llevar a su fin esta noche. Lo irónico es que, si lo fuera, no me habría recogido de la calle. Porque tengo mi pelaje negro y eso es motivo de horror para las personas supersticiosas. Mariela, en cambio, me aceptó apenas me vio y desde entonces somos grandes amigos.
Con el pasar del tiempo descubrí que Mariela es viuda. Así lo demostraban todas las fotografías que se encontraban en una pared, donde ella aparecía muy sonriente con un hombre. Pero ese hombre nunca estaba en la casa y a veces descubría a mi humana llorando con una de esas fotografías en la mano. Entonces me acercaba, me subía a sus piernas y comenzaba a ronronearle para calmar su angustia.
Todo este tiempo nos hemos llevado muy bien. Me siento seguro en aquella casa junto a su humana, pero ahora, eso podía cambiar de un momento a otro. Todo por culpa de aquel maldito regalo que le llegó a Mariela esta mañana. Cuando ella lo abrió, supe al instante que algo andaba mal. Se trataba de un espejo, un pequeño espejo redondo, adornado alrededor con unas piedras de colores muy vivos. En el momento en que lo vi, mi sentido gatuno se puso en alerta. Lo peor fue cuando Mariela muy sonriente, llevó el espejo a su habitación y lo puso sobre su mesita de noche. Fue el peor sitio que se le pudo haber ocurrido. ¡Si todo el mundo sabe que no es bueno tener espejos en las habitaciones! Bueno, en realidad los supersticiosos lo saben.
Un extraño ruido me sacó de aquel recuerdo. Algo había crujido dentro de la habitación. Miré el espejo y observé que una sombra salía a través de él y se paraba frente a Mariela. No podía permitir que le hiciera daño. Me engrifé todo lo que pude y gruñí muy fuerte para espantarlo, pero la sombra no me hizo caso.
No estaba dispuesto a rendirme por nada del mundo. Debía salvar a mi humana, así que decidí atacar, saqué mis garras y lancé zarpazos a la sombra. No tuve éxito. Volví a gruñirle, pero no logré nada. Cambié de estrategia. Lo que debía hacer era despertar a Mariela. Fui hasta su cara y empecé a lamerla. Gruñí hacia la sombra y volví a lamer la cara de Mariela mientras amasaba sobre su cuello. Ella emitió unos gemidos y abrió los ojos. Me sentí aliviado. Al menos ahora me tomaría en brazos y saldríamos de la habitación.
—¿Nicolás?
No entendí a quien se refería mi humana. ¿Por qué había pronunciado ese nombre? ¿Quién era Nicolás? Al observarla bien, pude darme cuenta de que ella miraba la sombra. Un destello me cegó durante unos segundos. De un momento a otro, la sombra se había convertido en la silueta de alguien que me resultaba familiar.
Mariela se levantó y con lágrimas en los ojos abrazó aquella silueta. ¿Cómo era eso posible? Él no había podido tocarlo cuando era una sombra. Mi humana soltó a la silueta y me miró a los ojos.
—Mi niño, te amo —me dijo con una sonrisa en sus labios—. Has sido un gran compañero todo este tiempo. Gracias por cuidarme. Pero ya no será necesario.
Mariela tomó la mano de aquella silueta, y entonces recordé dónde lo había visto antes. ¡Era el hombre de la foto! Mi humana y la silueta se convirtieron en una bella luz que avanzó flotando hasta el espejo y lo atravesó. La habitación volvió a quedar en penumbras. No lo entendí de inmediato. Vi que Mariela seguía acostada, con los ojos cerrados y una bella sonrisa en sus labios. Me recosté en su pecho y comencé a ronronear.




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